Blog del párroco
INMACULADA CONCEPCION 
domingo, diciembre 5, 2010, 05:02 PM - Comentarios a las Lecturas
INMACULADA CONCEPCION DE SANTA MARÍA VIRGEN
(8 de diciembre)

1ª Lectura: Génesis 3, 9-15.20. Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya..

Salmo 97. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

2ª Lectura: Efesios 1, 3-6.11-12. Dios nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo.

Evangelio: Lucas 1, 26-38. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

Con la Bula “Ineffabilis Deus” S.S. Pío IX definió solemnemente el año 1854 que María fue preservada inmune de toda mancha y culpa original, desde el preciso momento de su concepción, por una singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador y Redentor de la humanidad.
El origen de este dogma ya está presente en documentos cristianos de los primeros siglos (los evangelios apócrifos) y la fiesta ya se celebraba en el siglo X en Occidente. Fue introducida en el calendario universal el año 1476 por Sixto IV.

La fiesta de la Inmaculada, celebrada en el corazón del Adviento, hace que María sea quien mejor nos ayude a prepararnos a recibir al Señor y a acogerlo en la fiesta de la Navidad. Hoy la contemplamos, como dice el prefacio, “purísima” y “llena de juventud y de limpia hermosura”, “llena de gracia”. Hoy la celebramos “preservada de toda manche de pecado original” para que sea la digna Madre del Señor y el comienzo e imagen de la Iglesia.

La fiesta de la Inmaculada Concepción es una fiesta, en primer lugar de Dios Padre, ya que fue El quien la eligió (desde antes de la creación del mundo) y la preparó para que se incorporara al proyecto salvador del Padre y aceptara la misión de ser la Madre del Señor y el comienzo y la imagen de la Iglesia. La santidad, la perfección, la belleza de María es obra del Padre, no para ensalzarla a ella, sino para que pudiera cumplir su misión.

Es una fiesta de María, porque ella, la llena de gracia, la elegida, la esclava del Señor, se entregará con todas sus fuerzas a la causa de Dios.
Será la Madre de Dios y estará en todo momento con él. Movida por el amor y desde su más profunda libertad, con su sí al Padre será la madre de Jesús y con su permanente sí a Jesús, será la madre de todos.

Y es una gran fiesta para todos nosotros ya que, con ella, toda la humanidad acepta el plan salvador de Dios. Ella es la puerta de entrada del Verbo a nuestro mundo y en ella la humanidad comienza a ser salvada, a vivir en una plenitud que había perdido por el pecado.

En la primera lectura del Génesis contemplamos el primer pecado. Por orgullo, porque querían ser como dioses, Adán y Eva se dejaron seducir por la serpiente. Las consecuencias fueron muchas: la expulsión del paraíso, la experiencia de la propia desnudez, expresión de pobreza y desamparo, la ocultación de Dios y el inculpar al otro no aceptando la propia responsabilidad (Adán culpó a Eva y Eva a la serpiente), la presencia del dolor en el trabajar la tierra y en la trasmisión de la vida (se perdió la armonía con la creación).
María, la nueva Eva, desde la humildad obedeció; aceptó sin excusas el plan de Dios.
El apóstol Pablo nos recuerda que por un hombre entró el pecado y la muerte y por otro hombre, Cristo, y otra mujer, María, entra la vida y la esperanza. Es la fiesta de la solidaridad de María con toda la humanidad ya que su aceptación es el comienzo de la salvación de los hombres. Por eso la proclamamos bienaventurada entre todas las generaciones.

María es modelo de fidelidad, maestra en vida cristiana, madre que desde el cielo permanentemente intercede por nosotros.
Los cristianos debemos imitar a la Virgen en todas sus virtudes: en su fe en la Palabra de Dios; en su confianza absoluta en el Señor que la llevó a vivir sin temores; en su discreto y permanente seguimiento a Jesús que hizo de su vida una entrega total; en su capacidad de hacer silencio en su corazón y de contemplar el misterio de su hijo que la desbordaba, sin inquietarse; en su capacidad de amar tan total a Dios, sin buscarse en absoluto a sí misma; en su sensibilidad para ver las carencias de los demás, en su fortaleza incansable, en su implicación en la causa de su Hijo.

Que nuestra devoción a la Madre no sea solo de devoción o de admiración sino de imitación. Debemos invocarla, contemplarla e imitarla. “Hijo, ahí tienes a tu madre”,en la cruz el Señor nos dijo que para ser de los suyos hay que ser hijos de su Madre. Que así sea.

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