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SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ (19 de marzo) 
martes, marzo 15, 2011, 10:46 PM - Comentarios a las Lecturas
SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ (19 de marzo)

1ª Lectura: 2º libro de Samuel, 7,4-5ª. 12-14ª.16. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.

Salmo 88. Su linaje será perpetuo.

2ª Lectura: Romanos 4, 13.16-18.22. Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza.

Evangelio: Mateo 1,16.18-21.24ª. José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

San José, el esposo de la Virgen María, el carpintero de Nazaret, es un santo muy querido por todos los cristianos y muy celebrado en la Iglesia. A él le eligió el mismo Dios, para que hiciese las veces de padre de Nuestro Señor Jesucristo y fuera el cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret.

El evangelio nos anuncia a Jesús, como Hijo de Dios, como Salvador y Señor nuestro. Todo lo demás que se narra está en función de Jesucristo. El fragmento del evangelio de hoy tiene interés en subrayar que José no es el padre. Es el ángel del Señor, el mismo Dios, quien le descubre con gran delicadeza la verdadera filiación de Jesús, “la criatura que hay en ella (en María) viene del Espíritu Santo”. Todos los demás detalles nos presentan a un hombre bueno, que ama a la que va a ser su esposa, y que tiene sus proyectos, sus dudas…pero que, cuando tiene que tomar una decisión, lo hace desde su condición de creyente: “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.

José, como María, también dijo “si” al plan de Dios. De la estirpe de David, le dio su linaje a Jesús. Le impuso el nombre, misión propia del padre. Tomó todas las decisiones propias de un padre que cuida: el viaje a Belén para cumplir la ley del censo, el traslado a Egipto para proteger al Niño, la vuelta a Nazaret, cuando fue el tiempo oportuno. ¡Cuánto trabajo, cuanto sacrificio, cuanta dedicación, cuantos momentos vividos y compartidos con María y Jesús en la infancia, en la adolescencia, en la juventud, de aquel Niño, de aquel Hijo, que compartían con el mismo Dios! José y María enseñaron a Jesús todo: a querer, a hablar, a rezar, a estar con los demás teniendo esa actitud de respeto y de compasión con todos. Le enseñaron a mirar la naturaleza, las vides, los campos de trigo, las flores, los pájaros…A valorar la comida familiar y a saberse sentar en la mesa con otros. A trabajar. ¡Cuántas y cuantas cosas que le prepararon para vivir y predicar!

¡Qué buena familia crearía con María! “…tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús aprovechó para recordar su identidad y su misión, pero ahí queda el testimonio de la madre que habla de la solicitud y responsabilidad de unos padres.

En los cuadros los pintores, muchas veces lo ponen en un tercer plano y en la penumbra. Así vivió él. La mejor forma de ayudar a los demás a que cumplan con su misión es estando eficazmente en el propio sitio. José desde la discreción, que es la virtud de los que no hacen nada para sí mismos, y sin cansarse, porque quiere ser fiel en todo al Señor, hace del proyecto de Dios su propia vida, y entrega todo lo que él es para que el Padre lleve adelante su plan de salvación.

José es un hombre admirable. Como creyente, como esposo, como padre, como trabajador. Valiente y sacrificado. Lo vivió todo con naturalidad y confianza en Dios; en todas sus decisiones le vemos crecer en su condición de hombre y de santo.

La iconografía nos lo presenta de carpintero, con la vara florecida (que representa la esperanza de Israel, por él viene el Mesías) que a veces cambian por una azucena, para indicar la castidad de su vida; con María o sin María, pero nunca sin Jesús: o en los brazos o de la mano, como buen padre que cuida y acompaña.

Que él nos cuide también a nosotros. Que nos de su finura de oído y su generosidad de vida para escuchar y acoger la voluntad de Dios sobre nosotros y entregarnos a ella.

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