Blog del párroco
DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (10 de julio) 
sábado, julio 9, 2011, 11:04 AM - Comentarios a las Lecturas
DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (10 de julio)

1ª Lectura. Isaías 55, 10-11. La palabra de Dios lo acerca a nosotros. Es viva, fecunda y eficaz, pero hay que acogerla para que realice la salvación que anuncia.

Salmo 64. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto. El Señor, no solo nos regala la semilla, sino que es el labrador que cuida la tierra, la enriquece, la riega. Es necesario responder a la acción de Dios, para no hacer ineficaz tanto don.

2ª Lectura. Romanos 8, 18-23. San Pablo nos llama a la esperanza. Aunque en el mundo encontramos mucho sufrimiento y mucho fracaso, dentro mismo de la creación esperamos la acción de Dios que lo restaure, que lo libere y lo salve. Como en el parto, al sufrimiento sigue una creatura nueva.

Evangelio. Mateo 13, 1-23. Salió el sembrador a sembrar. ¡Cuántas veces Jesús, en su infancia contemplaría la imagen del sembrador! Sembrando generosamente a boleo para que llegue la semilla a todas partes; con esa técnica especial, de distribuir bien la semilla, para que no falte en ningún rincón del campo. Antes se ha preparado muy bien la tierra, para que la acoja y la transforme. Después, a esperar el tiempo necesario, para que dé mucho fruto.

La semilla es de buena calidad, es la palabra de Dios, el Evangelio el Reino. No puede fallar. Tiene vida, fuerza, novedad. Para que fructifique tiene que ser bien acogida y hay que dejarse transformar por ella. Se acoge cuando se escucha en un clima de oración, cuando nos dejamos interpelar por ella, cuando nos cambia el corazón y pone en orden nuestra vida. No es suficiente escuchar y conocer. Dejar que se hunda en la tierra, para que no se seque sin llegar a germinar. Que la dispersión, la superficialidad, la rutina, no la sofoquen.

Ser buena tierra, acoger la palabra con un corazón sencillo, lleno de misericordia. Dejar que nos vaya cambiando interiormente, con todo el tiempo que necesite para que nuestra transformación personal sea de verdad y no mero voluntarismo o apariencia. Llegar a dar frutos de vida cristiana que indiquen que nuestra conversión ha sido real. Los buenos frutos en la vida de los cristianos multiplican los efectos de la siembra, los frutos de la Palabra. Las vidas estériles de frutos de santidad hacen ineficaz la semilla recibida, y frenan el proceso transformador que Dios quiere llevar adelante en la Iglesia y en el mundo.

El cristiano tiene que ser buena tierra, buena semilla con su vida, y sembrador incansable con su testimonio y con su palabra. Bondadoso, caritativo y humilde. En medio de la sociedad, que es el campo en el que tiene que enraizar, para transformarlo según el proyecto de Dios.

La vida cristiana no se reduce a sentimiento o intención vivida en la intimidad y que nadie percibe; tampoco afecta únicamente a quien hace esta opción sin que se note en sus comportamientos, en sus prioridades, en su estilo personal, en sus compromisos sociales… Además tiene una proyección misionera, transformadora de la sociedad. La semilla tiene que llegar a todos los rincones, salir a los caminos y caer entre zarzas, aun con los riesgos de que no llegue a fructificar, pero debe llegar a todos.

Le tenemos que pedir al Señor que no falten trabajadores en su campo y que los que hemos recibido el don de la palabra, tengamos el gozo de experimentar la transformación que realiza en nosotros y de compartirla. La Palabra de Dios viene a saciar todas las hambres que padece el ser humano: de pan real que propicie la justicia y la solidaridad entre los hombres; de amor, en una sociedad de tantas rupturas y soledades; de felicidad, cuando falta sentido y metas en la vida.

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