Blog del párroco
SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (24-2-2013) 
sábado, febrero 23, 2013, 01:05 AM - Comentarios a las Lecturas
DOMINGO 2º DE CUARESMA (24-02-2013)

1ª Lectura. Génesis 15, 5-12.17-18. Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber. Dios hizo una alianza con él:”a tus descendientes les daré esta tierra”.

Salmo 26. El Señor es mi luz y mi salvación.

2ª Lectura. Filipenses 3, 17 – 4,1. Nosotros somos ciudadanos del cielo. Cristo nos transformará según el modelo de su cuerpo glorioso.

Evangelio. Lucas 9, 28b-36. Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

En este segundo domingo de cuaresma contemplamos a Jesús que sube a la montaña para orar. La montaña siempre ha sido lugar privilegiado de encuentro con Dios. Hay montes muy significativos: el Horeb, el Sinaí, el de las Bienaventuranzas, el Tabor, el del huerto de los olivos, el Calvario. Hoy acompañamos a Jesús al Tabor. Allí, en la oración, se trasfiguró.

Transfigurarse es hacer presente, mostrar su divinidad. Su rostro y sus vestidos se volvieron de un blanco resplandeciente. Hoy en el salmo decimos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”; el Señor nos llena de confianza y de fuerza en medio de las dificultades.

Aparecieron junto a él Moisés y Elías, la ley y los profetas, y hablaron del “éxodo” que tenía que consumar Jesús en Jerusalén.

El primer éxodo rescató a los israelitas de la esclavitud de Egipto y duró cuarenta años; el pueblo recibió la ley en el Sinaí, Dios los guió, por medio de Moisés, y les protegió; una nube o una columna de fuego les indicaban el camino hasta que llegaron a la tierra que les dio el Señor. El éxodo de Jesús es su pascua, su paso de la muerte a la vida. Jesús habló con Moisés y Elías de su pasión. Jesús es la plenitud de la ley y el cumplimiento de todas las promesas y profecías; estos dos personajes junto a Jesús, todos resplandecientes de luz, nos lo muestran como el verdadero Mesías esperado. El Señor nos conquistará para siempre la verdadera tierra de promisión, el cielo, de donde somos ciudadanos, como nos dice San Pablo. La pasión, muerte y resurrección del Señor es el definitivo éxodo que nos libera de todas las esclavitudes.

Jesús subió con Pedro, Santiago y Juan, quienes llegaron cansados y con mucho sueño. También nos cuenta el evangelio que “Pedro no sabía lo que decía”, cuando hace la propuesta de montar las tres tiendas, y que, al cubrirles la nube “se llenaron de temor”. Pedro y los compañeros son el símbolo del hombre de hoy: cansado, adormecido, confundido ante el misterio, con la tentación de refugiarse en el pasado, con miedo a bajar al llano de la vida ordinaria a vivir el testimonio de quien ha visto la luz, de quien conoce la verdad. Necesitamos tener una vida cristiana más misionera, más coherente y comprometida; tenemos muchos miedos y respetos humanos que nos impiden ser auténticos testigos del evangelio.

Y se oyó la voz del Padre: “escuchadle”. Vivir de Cristo, vivir de su palabra. Tenemos que discernir la voz de Dios en medio de tantas palabras y saber lo que el Señor nos dice. Más conocimiento obediente de la palabra de Dios. En la primera lectura vemos a Abrahán que escuchó y creyó, y Dios prometió, se comprometió con él y cumplió: “se le contó en su haber”. En la segunda lectura Pablo nos habla de confianza a pesar de las dificultades del camino y nos recuerda que la obediencia a la palabra nos tiene que transformar, según el modelo que es Cristo, con esa energía que él tiene. La transformación personal es la invitación a la conversión continua.

Segundo domingo de cuaresma. La vida es un camino; necesitamos tiempos, espacios de oración para encontrar fuerzas, no olvidar nuestra identidad y no dejar de cumplir nuestra misión de testigos; transfiguración y escucha de la palabra; transformación. La contemplación de Cristo nos tiene que dar fuerza para recorrer los difíciles caminos de la vida, porque no hay resurrección sin cruz.

La eucaristía de cada domingo es el Tabor donde acompañamos a Cristo, escuchamos su palabra y queremos ser transformados por la comunión para que aparezca en nosotros la belleza de nuestra dignidad de hijos de Dios.

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