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23º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B. 6-9-2015 
sábado, septiembre 5, 2015, 10:16 AM - Comentarios a las Lecturas
23º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo B. 6-9-2015

Isaías 35, 4-7ª. Decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis.

Salmo 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Santiago 2, 1-5. No juntéis la fe con la acepción de personas.

Marcos 7, 31-37. “Ábrete”.

A Jesús, de camino, presentan a un “hombre sordo que apenas podía hablar”, a una persona cerrada y bloqueada, incomunicada con Dios y con los demás, y le piden que le imponga las manos.

Jesús, con delicadeza, se lo lleva aparte. Le toca los oídos, con saliva le moja la lengua (como si estuviera recreando a aquel hombre). Ora mirando al cielo, suspira porque siente el dolor y el sufrimiento humano…y grita en su lengua materna, en arameo: “Ábrete” (como gritó al mar embravecido, como gritó desde el templo o ante la tumba de su amigo Lázaro). Poniendo toda su fe y su fuerza.

Necesitamos vivir abiertos a Dios y a los demás. En este tiempo se disimula la condición de creyente, debemos ser testigos del Señor con normalidad y con valor. Debemos estar orgullosos de aquel en quien creemos y que nos saca permanentemente de todas las cerrazones, oscuridades, esclavitudes. El sordo y sus amigos proclamaban con valor y alegría lo que Dios había hecho en ellos.

Hoy hay muchas sorderas, muchas cegueras y se utiliza la palabra no desde la verdad y para tender puentes, sino desde otros intereses. Hay muchas personas solas y bloqueadas, incomunicadas. ¿Por miedo, por comodidad, por pragmatismo, por desamor…? Isaías nos dice: decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis; y Santiago, en la Segunda lectura, nos pide que no hagamos acepción de personas.

La Iglesia y los cristianos debemos estar “abiertos” a todas las pobrezas y sufrimientos, como Cristo, y no por intereses proselitistas, sino por la dignidad que todo hombre tiene como hijo de Dios. La Iglesia no puede estar mirándose permanentemente a sí misma.

No es fácil vivir abiertos a Dios y a los demás.
Si no estamos abiertos a Dios, difícilmente podremos tener sensibilidad y valor para abrirnos ante “el hermano pobre y desamparado”, como decimos en una plegaria eucarística. Por otra parte, solamente si vivimos abiertos a Dios y a los problemas de las personas de nuestro tiempo, podremos crecer como personas y ser útiles y felices.

La Iglesia hace presente el amor continuo y misericordioso de Dios que permanentemente busca estar en diálogo con el hombre y salvarle.

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